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Un recuerdo helado

Sábado. Diciembre. 15 horas. El shopping colapsa de gente y mis tíos insisten en comprarme ropa, o algún juguete, lo que yo quiera. Pero no quiero nada. El timbre del teléfono interrumpe el silencio que grita en la camioneta. Mi tío responde con monosílabos y mi tía me sonríe por el espejo retrovisor. Yo ya sabía que iban a llamar. La habitación es enorme, y aunque está pintada y decorada completamente de color blanco, me parece el lugar más triste del mundo. Está helada, pero la acaricio igual. Escucho a papá detrás mio tragándose diez mil llantos. Te extraño siempre.

Un recuerdo pegajoso

Estamos bailando. De fondo, la música de siempre. Muy fuerte. En el lugar de siempre. En realidad sólo nos movemos, y en realidad es más bien ruido, no música. No lo escucho. Tampoco lo veo. Sus manos son lo único que siento. Están frías, casi heladas. ¿O son las mías? Sus dedos, largos y huesudos, se entrelazan con los míos por detrás del final de su cintura. La luz hace que mis uñas brillen y es todo un espectáculo luminoso en medio de la noche y el humo. Entre su anular y mi meñique se siente pegajoso. ¿Cerveza quizá? Tal vez es vodka. Sus manos son suaves, abrazan las mías con delicadeza y creo que descubrimos un nuevo idioma. Mentira. Yo sola lo descubro. Tengo miedo de que mis manos le susurren eso que no se atreve a gritar mi voz. Que no me suelte nunca, por favor .

Más héroes por favor

Yo creía que sabía lo que era la impotencia. Creí haberme sentido impotente varias veces. Pero me equivoqué. Me equivoqué mucho. No creo que estas palabras lleguen a publicarse en algún medio, al fin y al cabo no son mas que  los sentimientos de una chica de diecinueve años. Pero soy una chica triste por ver como la impunidad y la injusticia juegan de local, a estadio repleto y ganan por goleada, en un país donde la honestidad, los buenos valores y el trabajo calientan el banco hace rato. ¿Tienen héroes? Yo sí. Es mi papá. Se llama Daniel y tiene casi 54 años, de los cuales dedicó 36 a trabajar en una empresa de ingeniería. Empezó de abajo, como se hacía antes, y se fue formando hasta llegar al puesto jerárquico que ocupó hasta la semana pasada. Creció en ese lugar. Vivió en ese lugar. En el último tiempo se la pasaba rezongando porque “la empresa no es la que era”. Intereses. Ambiciones. Posturas políticas. Favores políticos… Empezó a sentirse incómodo. No. Uno no se sien...

14.3.14

Hoy, catorce de marzo del dos mil catorce, la ciudad olió a Apocalipsis todo el día, a fin del mundo, a caos urbano y humano. Aunque por momentos no pareció nada humano. Llovió . Más bien diluvió. Una lluvia lluviosa, suave y constante, de las que no hacen ruido pero mojan. El cielo pareció conquistado por la manada de elefantes más gris y vieja que haya existido sobre la tierra, y la mañana sabía a tristeza. Llegado el mediodía anunciaron por los medios un corte total del servicio de colectivos. Comenzaba la ola psicótica.  La medida de fuerza se aplicaba como protesta contra el asesinato de un joven chofer de la linea 56. Ya no sé que pensar. No sé si será mi edad que quizá no es la suficiente aún como para tener opiniones formadas y elaboradas sobre la vida, o si es que en este país suceden tantas cosas, tan ambiguas, tan cambiantes, tan indignantes, que uno pierde el rumbo de su análisis. La gente buscaba alternativas para volver a sus casas. Tren...

Cuando se acaba el queso untable

Depende del día, la vida puede ser una mierda, o la genialidad más grande del mundo. Hoy fue lo más genial del mundo, aunque podría haber resultado una verdadera mierda; porque arrancó sin queso untable en mis tostadas matutinas. Porque trabajé diez horas seguidas. Y porque se anunciaban 30 grados. También porque en este lugar nadie habla inglés (y amo el inglés). Eso es lo curioso. Y maravilloso, de hecho, que pudiendo haber sido lo peor, fue lo mejor. PD: Igual ya compré queso untable.

Hay

" Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado.”   Cuanta verdad, Bolaño querido.

Perder un bondi I

Iba cruzando la calle escuchando a Noel como siempre. Él venía corriendo para no perder el colectivo, pero se le fue. A decir verdad, el chofer quiso que se le vaya. Puteó un poco y me dio risa porque me sentí identificada. Le sonreí sin querer y me devolvió el gesto como pidiendo disculpas por la grosería que había dicho. Nada fuera de lo cotidiano en realidad: "la puta que te pario forrrrro". Así. Haciendo énfasis en la erre, como para que nadie dudase de que es argentino. Fue un buen comienzo del día. Para mi, obvio. 

Desconfío

No sabía qué me gustaba. O sí lo sabia pero nunca había pensado en eso. Jamás lo había puesto en palabras. Tal vez porque nunca me lo habían preguntado. Son esas cosas que uno sabe inconscientemente y cuando se ve en la obligación de explicarlo, simplemente no puede. Pero ahora me doy cuenta de que no se conoce bien a las personas hasta que no se pregunta por su canción favorita. Es más, de ahora en adelante voy a desconfiar de aquellas que no tengan una canción favorita, porque ¿como podría alguien no tener una?

Un lugar común no común.

No recuerdo bien cómo fue que terminamos, estos tres especímenes y yo, reunidos en el patio de la facultad una tarde soleada del mes de noviembre. Difícil seria determinar cual de todos estaba más loco. Por eso me sentía a gusto allí. Seguro. Casi ni nos conocíamos, aunque nos veíamos tres veces por semana, dos horas cada día (los mas valientes) para escuchar la clase de un tipo un poco bastante raro, por no decir loco de remate. Sé que todos pensábamos lo mismo al oírlo hablar pero por supuesto, como nadie se dirigía la palabra con nadie, los comentarios morían en las mentes de cada cual. Porque obvio, no se habla con desconocidos. Lo que sí recuerdo es que me acerqué a Juan porque ademas de ser lindo, me resultaba interesante (y nadie me resultaba interesante por esos días). Estaba leyendo un libro de esos viejos, marrones y con la tapa cayéndose a pedazos. Igual que yo. Y así arrancó la charla. El sol nos pegaba cálido en la cara y su sonrisa era fresca. También recuerdo bien mi f...

Uzal y Debenedetti

Hoy me sentí vieja. No en sentido abuela, anciana. Sino vieja como si el peso de muchos años me hubiese asaltado de pronto, y a mano armada. “Che, tomá. Acá están los últimos diez años de tu vida”. Lo importante fue que esta invasión de vejez en mis ya casi diecinueve años se dio en un  momento no demasiado oportuno. Aunque a decir verdad, la mayoría sino todos los grandes eventos en la vida de alguien ocurren en momentos nunca convenientes. En este caso la inoportuna situación sucedió en un semáforo en la esquina de Uzal y Debenedetti. Ya de por sí no es una muy linda esquina de día, así que imagínensela a las 11.30 pm de una noche helada de Agosto. Nunca suelo frenar. De hecho, cuando conduzco de noche monto todo un operativo antirrobo que consiste mas o menos así:  capucha puesta, puertas trabadas, palo de hockey cerca de la palanca de cambios y radio apagada para estar más atenta. Esto último podría relacionarse en realidad con la peculiaridad de que me gu...